Jueves 5 de Marzo, 2015, 22:45

"Intercambio" (VI)

         Luego sacó de su maletín tres fotos. “Mira me dijo: ella era Estefanía, mi mujer. Murió hace cinco años y aun me duele su ausencia; me mostró otra foto en la que salía una jovencita de no más de catorce años montada en un caballo: ella es Carmen, mi hija. Ahora tiene veintiuno y estudia prevención de riesgos. Luego me mostró una en la que salía él mismo pero probablemente la foto había sido tomada muchos años atrás pues se veía más flaco y alto. “En este hombre te vas a convertir; te voy a decir unas cuantas cosas antes que hagamos el intercambio; llevaras la contabilidad de varios comerciantes. La contabilidad es una profesión que tiene por objeto llevar la cuentas del dinero que entra y del que sale. Pero muchas veces te vas a dar cuenta que lo que sale es más de lo que entra y ahí vas a tener que ingeniártelas para que eso no suceda, y para que no suceda vas a tener que venir muy seguido a este lugar y en este lugar vas a traspasar dineros de unas cuentas a otras, sacando de dónde sobra y poniendo en dónde falta"
      Mientras me hablaba percibí que algo sucedía en mi interior, una extraña sensación, como si dentro de mi algo se estuviera despertando. Luego se levantó y se fue caminando alegremente.

     Después de la llovizna del jueves por la tarde, sabia que el frío de la noche me calaría los huesos, pero tuve suerte porque cerca de la medianoche, apareció un cliente que se bajo de un automóvil, corrió hacia el cajero automático y después de haber movido las manos apretando teclas y recogiendo los coloridos papeles de la parte inferior de la máquina, salió dejando la puerta de vidrio que da al cajero automático, abierta. Me bastó empujar con mi hocico para que esta se abriera un poco más y entré. Me tendí en una esquina y dormí plácidamente y sin sobresaltos toda la noche.

(Continuará)

Miercoles 4 de Marzo 2015, 21:15



"Intercambio" (V)

          Más tarde, cerca de las dos, llegó el hombre que me había hablado el día anterior. Lo noté mas sereno, mas tranquilo; de sus pies no emanaban ese calorcillo agridulce y  húmedo que me permitía reconocerlo sin verlo. Entró rápido al banco pero se dio el tiempo de mirarme y decirme "guau."
         Esperé que saliera pero demoró mucho más que de costumbre, finalmente lo hizo y volvió a sentarse en la escalerilla, que ahora, por la altura en que yo estaba, me permitió mirarlo de frente.
       “¿Sabes? - me dijo - anoche volví a pensar en tu vida y concluí lo mismo que pensé la primera vez que te vi: tu vida es, lejos, mejor que la mía”.

       Me hice el desentendido pero nuevamente sentí que se dirigía a un animal distinto que habitaba en el fondo de lo que yo era. Para él, yo, el perro que lo miraba con ojos de gallina sorprendida, no era un perro. Era un ser humano disfrazado, por así decirlo, de perro.

(Continuará)

Martes 3 de Marzo 2015, 21:30

Intercambio (IV)

       A pesar que ya la primavera había llegado, comenzó una llovizna suave la que al cabo de un rato me empapó. Toda esa tarde me dediqué a buscar comida. Encontré media salchicha al lado de un lustrín, luego un par de papas fritas a la salida de un local de comida rápida y un más tarde, en el estero, un hueso seco.
      A la mañana siguiente llegué un cuarto para las diez de la mañana con la intuición de que algo bueno me sucedería. Esta vez me tendí muy cerca de la pequeña escalera de cemento que da al cajero automático. El sol apareció como a las once y media. Supongo que era día viernes porque noté mucha concurrencia.
    Entre el ir y venir de los clientes, me sorprendió la señora que, en los más fríos días de invierno me trae un paquete lleno de unas galletas con olor y sabor a carne. Me alegró la mañana pero sentí que eso no era el gran acontecimiento que suponía habría de ocurrir. Lo bueno, de verdad, llegó cerca de la una y media de la tarde; a esa hora me tendí en el último rellano de la escalera y me dediqué a observar con detenimiento lo que hacían las personas que entraban; se instalaban frente a la maquina y después de hacer cosas rarísimas con las manos, sacaban unos papeles como de diario que salían por una pequeña abertura de la parte inferior.             
          Nunca me había detenido a observar con atención lo que pasaba allí adentro. Y he aquí que me vine a dar cuenta qué es exactamente lo que nos distancia tanto de los hombres: las manos. El día anterior me había sorprendido el que no pudiera reproducir qué era lo que el hombre angustiado me había dicho. Sabia que algo me había transmitido pero no podía recordar qué era, por eso es que al principio conjeturé que la gran diferencia estaba en la memoria. Pero de tanto mirar las manos de los clientes que interactuaban con las maquinas me dí cuenta de que ellas eran lo que les permitía tener independencia. Después me mire las patas y comprobé que no tenia manos, tenia patas, patas y uñas, es decir, una extremidad que no me permitía agarrar nada, que no podía trasladar ningún objeto desde un lugar a otro si no fuera utilizando mi hocico. Intuí inmediatamente que algo grande había descubierto: que de habernos diseñado con manos, no habrían habido tantas diferencias.

(Continuará)



Lunes 2 de Marzo 2015, 22:30

            
       Intercambio (III)

                Lo quedé mirando. Me dió pena y me acerqué moviendo la cola lentamente. Como regalo lo mire fijo y luego incliné la cabeza hacia un lado, la mantuve así un instante, y despues lo mismo para el otro (no hay humano que no se fascine con estos movimientos) Estiró la mano y me acaricio la cabeza. “No sabes cuanto te envidio. Si supieras lo que es ser humano, volverías corriendo a tu piel de perro. A los hombres, vivir nos cuesta mucho; tenemos que luchar contra otros seres humanos, pero nuestras luchas son hipócritas comparadas con las de ustedes. Nosotros no nos mordemos, nosotros nos mentimos, nos prometemos cosas que después no cumplimos, nos traicionamos y ¿sabes qué es lo peor de todo? Lo peor es que frente a la mentira, a las promesas incumplidas, a las traiciones no podemos hacer nada. A lo más dejamos de saludarnos, de vernos. Lo malo es que esto nos va dejando un sabor amargo y nos vamos volviendo desconfiados, no le creemos a nadie y eso nos amarga más aun, convirtiéndonos en seres muy solos. ¿Sabes una cosa? el otro día te divisé desde el auto y, para variar, estabas durmiendo y tu sueño era tan plácido, tan pacífico que tu imagen se me quedó grabada. En la noche, desvelado, me puse a pensar en tu vida. Imaginé que en las noches recorres la ciudad y buscas en los basureros algo para comer. Después pensé en que tú, tal vez no lo sepas, pero  vives en un eterno presente: en tu vida solo existe el ahora, no tienes recuerdos, y si los tienes supongo que son como unas siluetas difusas que también se funden en tu presente ¿me equivoco? ”
La verdad es que me impresionó mucho pues son pocas las veces que un ser humano no me trata como perro. Me hubiese encantado decirle muchas cosas, pero solo atiné a mover la cola un poco mas rápido.
Después se levantó, volvió a acariciarme la cabeza y se fue caminando lentamente en dirección a la Avenida Libertad.

Me puse a pensar en lo que me había dicho y no pude. Y no es que no entienda el lenguaje humano, sino que sabia que algo me había dicho pero no podía reproducirlo, no tenia cómo.

(Continuará)

Domingo 1 de Marzo, 2005, 22:30


Intercambio (II)

    Hace un par de días llegó dos minutos atrasado, discutió con el portero quien finalmente lo dejó entrar. A las dos y media salió y quedó mirándome con una expresión muy extraña. Se sentó en uno de peldaños de cemento muy cerca mio, con su inseparable maletín entre sus rodillas.  Me mantuve atento a sus movimientos (la última vez que alguien se me aproximó tanto, terminó colocando cara de asco, arrugando la nariz, pateándome en las costillas y diciéndome: “ándate perro pulgoso”
Después de un par de minutos, en los que no dejó de mirarme, me dijo: “Cómo me gustaría ser tú. Te la pasas el día entero descansando, pareces no tener angustias y cada vez que te veo estás rascándote con placer o durmiendo”

            Lo extraño de esto es que sentí que le hablaba a alguien que no era yo. Bueno, no exactamente. Permítanme explicarlo: sus palabras estaban dirigidas a una parte de mi que es extraña para mi mismo, cómo si dentro mío habitara otro animal. Una sensación parecida la tuve hace unos años atrás cuando, enamorado de una perra de un barrio muy elegante, me vi envuelto en una discusión que pasó del mero ladrido a unos sonidos guturales, con exhibición de colmillos y todo.  El asunto es que cuando la perra me ladraba, decía cosas que parecían estar destinadas a otro pretendiente. En medio de la trifulca ladré algunas frases sueltas pero todo siguió igual: era como si yo no fuera quien soy.             La misma sensación la tuve cuando el gordito me hablo con su chillona voz humana.

(Continuará)