"Zacarías Zambrano" (VIII)

   Se sentaron en unas cómodas sillas y por algunos momentos se quedaron en silencio admirando el paisaje.
  “Mira Tazio, ¿ves esa montaña con un quiebre en la cima? Hace un  mes la subí y pase la noche ahí. En la mañana, despues de desarmar la carpa, miré el valle y pensé: ¿quién vivirá allá? Y mira, ahora estoy precisamente en una de las casas que observé… a veces la vida tiene premoniciones extrañas…”
  “Si, es verdad. Sabes una cosa; aunque te estimo como amigo y tengo los mejores recuerdos de nuestro paso por la Escuela, el motivo por el que estés aquí no se debe a que se me haya ocurrido a mí; fue Zenobia, quien al ver una foto en que sales vestido de uniforme, comenzó a preguntarme por ti. Le conté brevemente tu historia y lo de tu pasión por la jardinería. Y bueno, insistió en que te quería conocer.
“Es muy simpática tu hermana”
“Mira, en el sentido biológico Zenobia no es mi hermana. A ella la adoptaron mis padres cuando tenia cinco años. Ella pertenece a un pueblo aborigen Mexícas, los Yahumaras, y al quedar huérfana de unos trabajadores de la finca de mis padres, decidieron adoptarla”
“¿Ella lo sabe?”
“Si, siempre, desde niña se le dijo la verdad”
“Es que es una mujer preciosa; su pelo negro azabache, sus ojos, la intensidad de su piel… la verdad es que me ha impresionado"
 “Me alegro mucho. Pero además te voy a decir algo que te va a sorprender. ¿Sabes que está estudiando ella?
 “¿No pues, dime?”
 “Botánica”


Fin.

Viernes 6 de Mayo de 2015, 23:00

"Adiós querido don Alejandro"

 Pocas veces en la vida se tiene la oportunidad de conocer hombres notables. Hoy, muy temprano en la mañana, dejó de existir uno de ellos. Don Alejandro era un ser excepcional en casi todos los sentidos. Bondadoso, inteligente, entregado a los demás y con un extraordinario sentido del humor. Durante su larga carrera como médico hematólogo fue reconocido en todas las partes en que trabajó y en todos esos lugares dejo recuerdos imborrables, llenos de reconocimiento y admiración.
 Tuvo, además, una mujer maravillosa a su lado quien lo acompañó durante más de cincuenta años: María Angélica de Kartzow, con quien formó una preciosa familia educada en sus valores.  A ambos los traté por muchos años y si el agradecimiento es la memoria del corazón, mi gratitud hacia ellos es infinita. Desde el principio me acogieron con amor y cariño incondicional.
 Yo gozaba conversando con él y siempre coincidíamos en casi todo, por lo que nunca tuvimos una diferencia; nuestras conversaciones consistían en mostrarnos las razones del porqué pensábamos como pensábamos. Veíamos una noticia y ambos sabíamos lo que diríamos, lo mismo viendo un partido de futbol o saboreando un kuchen de manzana.
 Cada uno de sus cumpleaños era una fiesta familiar con diversiones originales; creaba rifas en donde ganaba aquel que, por ejemplo, recordaba el nombre del mayor numero de cerros de Valparaíso o que adivinaba quien era el presidente de un país remoto. Tenia  una risa, gestos y hacia ciertos movimientos con sus grandes manos, que le daban una gracia y simpatía especial que cautivaba.

 Muchas veces María Angélica dijo que éramos dos gotas de agua, que le impresionaba lo parecidos que éramos. Cierta vez, riéndose, me dijo que quería interrogar a mi madre pues tenia la sospecha que tal vez había tenido algo con él, pues era la única explicación de nuestras semejanzas. Yo sentía un pudor, pues parecerme a un hombre tan excepcional era el mayor cumplido. Pero claro, sólo me parecía en la superficie; por ejemplo, nuestros escritorios tenían de similar, un desorden que hubiese hecho gozar al mas radical de los anarquistas. Probablemente también, debido a cierta ingenuidad,  una tarde nos tildó de campeones en “meter la pata”. Pero en fin, como digo, solo en la superficie, pues sus cualidades:  inteligencia, bondad, entrega amorosa por los demás, fueron infinitamente grandes. El fue un modelo para mí, y creo que para todos los que lo conocieron. Al terminar estás líneas siento alegría pues sé que está en el cielo junto al amor de su vida y… mirándonos con sus ojos bondadosos. Adiós querido don Alejandro.


"Zacarias Zambrano" (VII)

 Los pensamientos se le agolpaban unos tras otros. No supo cuantos minutos habían transcurrido; se había dedicado sólo a admirar los movimientos de sus labios, la aparición intermitente de sus dientes blancos, sin poner atención a lo que Zenobia explicaba.
 “¡A comer!” escuchó decir a Tazio
 Zenobia lo tomó de la mano y no lo soltó hasta que llegaron al comedor.
“Aquí tienes amigo mío. Es uno de los platos más típicos de México. Si te das cuenta, los colores, el rojo, el verde y blanco son los colores patrios. Espero que te guste. No  lo condimenté demasiado…”
 “Como de todo” dijo Zacarías.
 Se sentaron en una larga mesa de madera negra.

 Durante el almuerzo recordaron sus tiempos de alférez. A Zacarías le costaba mantener la conversación con su amigo, pues esperaba a cada momento que interviniera Zenobia y dijera algo en Náhuatl, pero ella se mantuvo en silencio gran parte del almuerzo.
 "Salgan a la terraza a tomar una limonada mientras yo lavo" dijo Zenobia.

(Continuará)

Miércoles 4 de Noviembre de 2015, 20:00

"Zacarias Zambrano" (VI)

 “¿Náhuatl?, suena precioso. Imagino que es una lengua mexicana.
 “Así es” contestó Zenobia, sin dejar de sonreír.
 ¡Pero no lo dejes en el zaguán! hazlo pasar, Zenobia”
 Apenas entrar a una espaciosa sala, Zacarías se sorprendió de la extraña decoración. Si su amigo le hubiera dicho que era arqueólogo no le hubiese extrañado encontrarse con una cantidad increíble de  máscaras, pequeñas figuritas de obsidiana, vasijas, y cacharros de greda, todo probablemente precolombino. Pero no, su amigo era hijo de un diplomático mexicano.
“Ven, siéntate a mi lado y te explico”
“No le des la lata Zenobia, deja que respire. Estoy preparando un guacamole del que te conté cuando estábamos en la escuela, luego comerás  Chile Nogado… ya verás"
 Zacarías se sentó en un amplio sillón de felpa azul.
 “Mira querido Zacarias. El Náhuatl es el idioma que hablaban los toltecas en México y que luego se extendió a todo el territorio. Cuando llegaron los españoles era la lengua que hablaban los aborígenes. Las primeras palabras de amor que escucho Hernán Cortes de los labios de la Malinche eran en Náhuatl que quiere decir sonido agradable y claro y…”

  Zacarías hacia esfuerzos por concentrarse en lo que esa mujer morena de piel oscura y rojiza le explicaba, pero era difícil; su belleza exuberante y su manera de moverse lo habían cautivado. Por qué, sin conocerlo le había dicho “mira querido”; por qué lo había saludado con un beso mas intenso que lo que la cortesía obliga; por qué estaba sintiendo que su corazón ardía? ¿Quienes eran Hernan Cortez y la Malinche? 

(Continuará)

Martes 3 de Noviembre de 2015, 20:30

"Lumbago"

   Desde el cinco de enero de 2015 no he dejado de escribir un solo día, pero hoy sera la excepción. Un lumbago me ha dejado sin movimientos. Espero mañana amanecer sin este dolor invalidante y poder seguir con la historia de Zacarías y la abundancia de zetas. 
  Un cariñoso saludo a todos los que leen este blog.
jj

"Zacarìas Zambrano" (V)

  Las semanas siguientes Zacarías trabajó sin descanso. Cuando se acercaba la fecha para ir a la casa de su amigo, tuvo que pedirle a doña Zoila, una empleada de la casa de su padre, que le trajera una maleta con la ropa que había dejado en casa. Escogió un terno café y camisa blanca.   El sábado a las diez de la mañana salió de su choza en busca de la casa de su amigo.
 Antes de llegar, se miró en los ventanales de una farmacia sintiendo cierto desconcierto al no reconocerse de inmediato. Durante los tres últimos meses no se había mirado al espejo. Sorprendido de su delgadez, se tocó las mejillas comprobando que también la cara se le había angulado y su tez blanca había adquirido una matiz terroso como si lo hubieran tiznado.                Experimentó una inusual e intensa confianza en si mismo, como si el cuerpo diera testimonio del hombre recio y seguro en que se estaba convirtiendo.
  Eran un cuarto para la una de la tarde cuando Zacarías llegó a la casa de Tazio. Tocó el timbre y apenas abrirse la puerta recibió el beso de una mujer morena. El repentino e inesperado saludo lo desestabilizó. Cuando los labios dejaron su mejilla, pudo verle la cara de plano. Zacarias tuvo de la certeza que era la mujer mas linda que habia visto en su vida. Decir que era morena no bastaba. Su piel era como de tierra fértil después del agua; sus dientes blancos relucían como pequeñas estrellas y sus cejas pobladas le daban una aire exótico. Lo que terminó de enamorarlo en breves segundos fue una palabra extraña pronunciada con una voz, a la vez dulce y gruesa:
“Niltze, usted debe ser Zacarías”. 
Apenas entró escuchó a Tazio, sin dejar de mirar con fijeza la cara de Zenobia, que le sonreía.

“No le hagas caso Zacarías, le gusta hablar en Náhuatl…”

(Continuará)

Domingo 1 de Noviembre de 2015, 21:30