"Ñuñoa Cuantica" (III)



     Al volver al hotel le contó su experiencia a Sharan Bitta, quién no había querido acompañarlo pues, según su parecer oriental, el encuentro con el pasado debía hacerse en solitario.
  Esa noche Giulio soñó con cada uno de los detalles de su antigua casa, tal como  la recordaba de su infancia. Al despertar consideró que no haber preguntado y pedido permiso para entrar había sido una tontera por lo que se decidió volver, esta vez acompañado de su mujer. Planificaron la tarde y después de visitar los barrios mas típicos de Santiago llegaron a Coventry. Apenas entraron por la Avenida Echeñique Giulio se sintió desconcertado. Su casa no estaba. Miro hacia ambos lados de la calle y  sólo confirmó que la automotora, el hotel y la farmacia estaban tal como el día anterior, pero su casa había desaparecido; en su lugar se  levantaba una galería comercial que atravesaba hasta la otra calle.
    Sharan Bitta insistió en que pudo haberse equivocado, pero Giulio estaba seguro.
“Te consta que vine ayer; no pude haber imaginado este hotel, ni esa compraventa de automóviles. ¿Cómo lo explicas?

“No sé, tal vez fue parte de tu sueño… intuición, no lo sé”

Sábado 6 de Septiembre de 2015, 23:55

"Ñuñoa Cuántica" (II)



      Más tarde llego a la casa de su infancia y, contra todo pronostico, la encontró muy similar al recuerdo que tenía. Era un casona blanca de dos pisos que simulaba el diseño de buque, con pequeñas ventanas redondas y un balcón curvo con barandas como pasamanos.
     Todo lo demás era distinto; al frente habían construido un hotel de cuatro pisos; en el almacén de la esquina, estaba instalada una compraventa de automóviles; en la propiedad de sus amigos de infancia, un farmacia. Pero  su casa permanecía incólume a los cambios.
   Se quedó largo rato mirándola, recuperando recuerdos. Sintio deseos de verla por dentro pero no se atrevió a tocar el timbre. Decidió entrar al hotel y pedir que lo dejaran ir a la terraza para contemplarla desde lo alto. No le pusieron problemas. Subió hasta la azotea y quedo maravillado al comprobar que el patio en donde habia jugado desde niño estaba igual; el viejo naranjo ya muy rugoso habia aguantado los embates del tiempo; el lavadero se mantenía casi idéntico. Por unos breves instantes se vio a si mismo de siete años observando el agua que salía de la manguera con que su madre regaba las plantas.


Continuará

Viernes 5 de Septiembre de 2015, 23:55

“Ñuñoa Cuántica” (I)



          Aun sin saberlo Giulio Leporetti estudió física desde niño. Sus juegos consistían en tirar una piedra al aire y observar su recorrido. Soñaba con tirar una que no se detuviera nunca. ¿Por qué pierde velocidad y luego cae? se preguntaba; otro, era con un prisma y ver como la luz se descomponía en varios colores.
   En la educación básica lo único que le interesaba era “aritmética” y pronto se destacó como un pequeño genio matemático.
   Al salir de la universidad obtuvo una beca para estudiar en una prestigiosa universidad de Estados Unidos. Allí conoció a una japonesa con la cual se casó y tuvo tres hijos. Despues de veinte años regreso a su país. Un robo intelectual de un descubrimiento sobre las enanas blancas lo hizo decidirse. Una de las primeras cosas que hizo al llegar a Santiago de Chile fue recorrer su viejo barrio de Ñuñoa; le costó reconocer su nueva fisonomía. Sintió alegría cuando en la calle Jose Domingo Cañas comprobó que el viejo árbol, al que trepaba cuando niño para ver aparecer el lucero de la tarde, estaba intacto.


(Continuará)

Jueves 3 de Septiembre de 2015, 22:00


"Mala Venganza" (IV)



    Después de dos horas recorriendo todo el vecindario y llegar hasta Providencia, decidió ir a la Comisaría y hacer la denuncia. Tuvo que esperar media hora. Le tomaron los datos diciéndole que le avisarían apenas tuvieran noticia. Caminó de regreso hasta la calle en que le habían robado.  A la tercera cuadra observó que un grupo de gente rodeaban a una persona en el piso.
       “Es un lanza el maldito; hace unos momentos le robo la cartera a una abuelita y cuando ésta se resistía, le pego un combo en la cara. Dos estudiantes universitarios que pasaban por el lugar escucharon lo que decía la señora y partieron en su busca.
     La señora describió las ropas y detuvieron a este que vestía exactamente igual; debe ser él.
      Sobre la acera, rodeado por varias personas que no paraban de insultarlo,  pegarle y escupirlo,  permanecía boca abajo un muchacho de no más de dieciocho años.
     “Yo no fui, yo no fui lo juro…. Pregúntenle a la señora….” gritaba.
   La rabia acumulada durante toda la tarde aumentó rápidamente. Sacó de su bolsillo el pequeño destornillador que ocupaba para sacar la antena del auto. Confundido entre el gentío, se agachó y con toda la fuerza que pudo le enterró dos punzadas a la altura de la cadera.
    Alcanzó a oír el grito apagado del muchacho, sintiendo la extraña satisfacción de la venganza. 
"Si no fue él, fue un ladrón como él" pensó. 
   Se retiró del grupo y siguió caminando hasta llegar al lugar de su desventura.
    “Nada que hacer” se dijo.
     Tomó la micro y volvió a su casa.
    Al llegar se sentó en el raído sillón, dejando el desatornillador con pequeñas manchas de sangre sobre la mesa de centro.
    Escuchó la voz de su mujer que desde la cocina lo llamaba con insistencia.
    Cuando la vio aparecer, se restregó los ojos.
     ¿Que pasa? dijo malhumorado.
     “Que te llamaron de la Comisaría…tienes que ir a Policía Local y pagar el parte  por mal estacionado. Con el recibo de la multa, ir a los corrales municipales a retirar el auto. ¡Buena la hiciste Pablo!


“Fin”

Miércoles 2 de Septiembre de 2015, 21:00

"Mala Venganza" (III)



     Casi al llegar a la esquina sintió un extraño presentimiento; mal presentimiento que se confirmó cuando, al doblar, no divisó su auto querido. Comenzó a correr en dirección al grifo amarillo, pues delante de él se había estacionado un  enorme camión que le obstruía la visión.
    A medida que se iba acercando, su rabia crecía con cada paso que daba. La certeza la tuvo cuando, en el espacio que se suponía estaba su auto, solo pudo ver una gran mancha de aceite sobre el pavimento.
   Miró en busca de algún cuidador o transeúnte que le diera alguna información, pero no había nadie en los alrededores, sólo un par de quiltros jugueteando, indiferentes. Comenzó a sentirse mareado y con nauseas. Escucho que alguien le hablaba.
    “¿Que le pasó amigo?”
   “Dejé mi auto estacionado aquí en la mañana y no está. Era un amarillo con dos franjas negras ¿Sabe algo?
    “Si lo vi, pero hace como dos horas. Lo más probable es que se lo hayan pelado, si  aquí roban día por medio compadre. ¿Cóoomo se le pudo ocurrir dejarlo por estos lados. Pero ¿sabe?, dése unas vueltas, en una de esas los ladrones todavía andan cerca…”

     Sin despedirse Pablo Montoya comenzó a correr en dirección a Pedro de Valdivia.

(Continuará)

Lunes 1 de Septiembre de 2015, 20:30